El viaje

Foto de Olaya Pazos
– Saca la mano por la ventanilla.
Aquella era la última medida, si no funcionaba tendríamos que parar.
Jaime me dio la mano, mamá me animó con unos golpecitos en la pierna y papá me miró a través del retrovisor. Éramos un equipo, todos unidos para obtener nuestro propósito. Abrí la ventanilla y saqué los dedos. Al instante me sentí mucho mejor y, aunque aún no tenía fuerzas para hablar, sonreí para que comprendieran que lo peor había pasado. Mamá aprovechó el momento de silencio:
– Vas demasiado rápido.
– Es un Audi – alegó papá, aunque pisó el freno y redujo una marcha.
Pasaron otros cinco minutos de sosiego y me entretuve observando el sol que se filtraba entre las ramas de los árboles, como alquien que se cuela en una fiesta a la que no ha sido invitado. Sin embargo, después de una de las curvas, sentí que algo se removía en mi interior.
– Para – dije.
Papá no solía hacer caso a nadie, mucho menos a su hija de doce años, pero temía por la tapicería de su Audi y frenó en seco.
Me bajé a toda prisa, me acerqué a la cuneta y mamá me sujetó la frente.
– No pasa nada, cariño, no pasa nada – me decía.
Volví al coche con los ojos llorosos y mamá entró después dando un portazo.
– Vete despacio, haz el favor.
Papá me miró por el retrovisor y me dio un pañuelo de papel.
– ¿Estás mejor?
Asentí.
– No es culpa tuya – dijo mamá.
Claro que no lo era. Yo nunca me mareaba, en ninguna carretera, por muchas curvas que tuviera. Daba igual lo que hubiera desayunado, daba igual si me pasaba todo el trayecto leyendo, jugando o mirando hacia atrás, hacia el mundo que abandonábamos.
Sin embargo, aquel viaje era diferente. Al final de aquella carretera nos esperaba el pueblo, la abuela, la playa, los mosquitos, las noches, Marco.
Al final de aquella carretera estaba una eternidad llamada verano.


Texto de David Barreiro