Nada

Foto de Olaya Pazos
Hilge y Elva iban siempre una al lado de la otra, como el amor y el miedo. Las veía pasar todas las mañanas mientras mi padre y yo desayunábamos en aquel pequeño café de Skanegatan que cerró un verano por reformas y nunca volvió a abrir. El ventanal que me separaba de aquellas hermanas es ahora un muro de ladrillo por el que se cuelan los ratones y el pasado, ese pasado en el que mi padre sigue tomando café solo y un pastel de canela mientras hojea el periódico, algunos años antes de que hiciera la maleta y se fuera de casa, de Estocolmo y de mi vida sin despedida alguna. 

En clase, Hilge y Elva siempre parecían estar pensando en otra cosa, pasaban las horas mirando por la ventana y cuando los profesores las regañaban suspiraban como si les resultara agotador explicarles aquello en lo que pensaban. 

En la fiesta de graduación, armado de valor y de ginebra, me acerqué a ellas, que estaban sentadas en una de las gradas del polideportivo, y les pregunté qué iban a estudiar. 

– Nada – respondió Hilge y, unos segundos después, Elva lo reafirmó. 

– Nada. 

– ¿Cómo se puede no hacer nada? 

Se rieron y, después de mirarse fugazmente, se levantaron y se fueron. 

Nunca volví a verlas y, por más que he preguntado a los antiguos compañeros de clase, nadie sabe de ellas. Hilge y Elva se esfumaron, como mi padre haría años más tarde, y desde entonces cuando alguien me pregunta qué quiero hacer en la vida, siempre pienso en ellas y respondo: 

– Nada. 

Algo que, por otro lado, no ha sido tan difícil conseguir.

Texto de David Barreiro